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lunes, 2 de noviembre de 2026

LA TRADICIÓN DE LA COLADA MORADA Y LAS GUAGUAS DE PAN

 

Loaiza, Y. (23 de octubre de 2023). Colada morada y guagua de pan: la historia de una tradición prehispánica con la que los ecuatorianos honran a sus muertos. Infobae. infobae.com 

Es el relato de un pacto de supervivencia cultural, una historia de resistencia donde los pueblos de los Andes ecuatorianos lograron burlar el olvido y la censura de la colonización a través de la memoria del paladar, y del ritual a sus ancestros.

Mucho antes de que el calendario católico impusiera el Día de Todos los Santos, las comunidades Quitus-Caras y luego los Incas, de la Sierra celebraban el Aya Marcay Quilla, el mes para cargar a los muertos, a los que previamente se les momificaba.

En aquel tiempo originario, la muerte no se entendía como un final abrupto, sino como una mudanza hacia otra dimensión de la existencia. Los vivos desenterraban las momias de sus ancestros, los vestían con sus mejores ropajes y paseaban con ellos por el pueblo para sentarse a la mesa comunal en un banquete sagrado. La comida ritual se dividía con estricto respeto espiritual: para nutrir las fuerzas del submundo, se preparaba el Yana Api, una densa mazamorra de maíz negro fermentado mezclada con la sangre de llamas sacrificadas, la cual no se consumía, sino que se ofrendaba directamente a las huacas y se vertía en el vientre de la Pachamama. Mientras la tierra recibía este sagrado tributo de fertilidad, los vivos rompían la barrera entre el mundo terrenal y el de los muertos bebiendo chicha de maíz negro, la Yana Aswa, cuyo fermento les permitía entrar en comunión y dialogar con sus antepasados. Acompañaban este encuentro con figuras ceremoniales moldeadas en zapallo.


Recreación de entierro múltiple en el Museo de Sitio La Florida, Quito

Cuando los colonizadores y los sacerdotes españoles llegaron con sus dogmas, persiguieron estas prácticas por considerarlas herejías y profanaciones, prohibiendo de forma estricta el vertido de alimentos a la tierra y el consumo de la chicha ceremonial. Fue en ese momento de crisis cuando se activó la genialidad del folclor andino. Al verse impedidos de ofrendar a sus ancestros, los indígenas decidieron camuflar sus símbolos sagrados a plena vista del opresor, fusionando de manera ingeniosa lo que antes se entregaba a la tierra con lo que bebían los vivos.

La textura espesa de la ofrenda de la Yana Api y el concepto bebible de la Yana Aswa se fundieron en un solo elemento gracias al sincretismo. Para reemplazar la sangre animal prohibida y volver el potaje agradable al paladar comunitario sin perder su color sagrado, se incorporaron el maíz negro, maíz morado, la naranjilla, la frutilla, el mortiño, babaco, junto a las especias aromáticas traídas del viejo mundo, como la mora, canela, el clavo de olor y la pimienta dulce. Nació así la colada morada, un espeso elíxir cuyo color púrpura oscuro heredó la función ritual de representar la sangre del difunto, el luto respetuoso y la conexión vital con la tierra. A la par, las momias y el zapallo de las efigies rituales fueron sustituido por la harina de trigo introducida por los españoles, naciendo las guaguas de pan: masas moldeadas con forma humana, deliberadamente desprovistas de piernas y brazos, que imitan de manera perfecta el cuerpo de los muertos amortajados, listos para su viaje al más allá. Su nombre mismo, guagua, que significa niño o bebé en quichua, encapsula la promesa andina del renacimiento espiritual.

Estudiosos de las tradiciones americanas, como el folclorista brasileño Paulo de Carvalho-Neto, identificaron este banquete de difuntos como un hecho folclórico vivo, una manifestación del "folclor social" que va muchísimo más allá de la simple gastronomía de temporada. Carvalho-Neto y pensadores como Darío Guevara explicaron que la colada morada y las guaguas de pan actúan como un motor de cohesión comunitaria. En sus páginas se rescata que la preparación de estos alimentos obliga a la reunión familiar, reactivando la memoria colectiva y los lazos de parentesco cada mes de noviembre.

A su vez, investigadores del patrimonio culinario como Julio Pazos Barrera revelan que esta tradición constituye una auténtica victoria popular. Durante siglos, la colada morada fue un secreto de las cocinas indígenas, convenientemente omitido en los recetarios de la alta alcurnia criolla, hasta que su irresistible carga cultural terminó por conquistar las ciudades y unificar el mapa gastronómico de la nación.

Hoy en día, el relato sigue escribiéndose con el mismo fervor del pasado. Mientras en las grandes urbes las familias amasan y decoran las guaguas en la intimidad de sus hogares, en los cementerios andinos de comunidades como Calderón, Otavalo, Zumbahua, Pujilí, Salasaca, Guano, Licto entre otras, el rito prehispánico se rehúsa a desaparecer. Allí, los vivos siguen extendiendo mantas sobre las lápidas para comer y conversar con sus muertos, demostrando que en el Ecuador la memoria no se entierra, sino que se comparte, se bebe y se saborea para mantener vivos en la memoria, a quienes ya partieron.

 





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