Loaiza, Y. (23 de octubre de 2023). Colada morada y guagua de pan: la historia de una tradición prehispánica con la que los ecuatorianos honran a sus muertos. Infobae. infobae.com
Es el relato de un pacto
de supervivencia cultural, una historia de resistencia donde los pueblos de los
Andes ecuatorianos lograron burlar el olvido y la censura de la colonización a
través de la memoria del paladar, y del ritual a sus ancestros.
Mucho antes de que el
calendario católico impusiera el Día de Todos los Santos, las comunidades
Quitus-Caras y luego los Incas, de la Sierra celebraban el Aya Marcay Quilla,
el mes para cargar a los muertos, a los que previamente se les momificaba.
En aquel tiempo
originario, la muerte no se entendía como un final abrupto, sino como una
mudanza hacia otra dimensión de la existencia. Los vivos desenterraban las
momias de sus ancestros, los vestían con sus mejores ropajes y paseaban con
ellos por el pueblo para sentarse a la mesa comunal en un banquete sagrado. La
comida ritual se dividía con estricto respeto espiritual: para nutrir las
fuerzas del submundo, se preparaba el Yana Api, una densa mazamorra de maíz
negro fermentado mezclada con la sangre de llamas sacrificadas, la cual no se
consumía, sino que se ofrendaba directamente a las huacas y se vertía en el
vientre de la Pachamama. Mientras la tierra recibía este sagrado tributo de
fertilidad, los vivos rompían la barrera entre el mundo terrenal y el de los
muertos bebiendo chicha de maíz negro, la Yana Aswa, cuyo fermento les permitía
entrar en comunión y dialogar con sus antepasados. Acompañaban este encuentro
con figuras ceremoniales moldeadas en zapallo.
Recreación
de entierro múltiple en el Museo de Sitio La Florida, Quito
Cuando los colonizadores y los sacerdotes españoles llegaron con sus dogmas, persiguieron estas prácticas por considerarlas herejías y profanaciones, prohibiendo de forma estricta el vertido de alimentos a la tierra y el consumo de la chicha ceremonial. Fue en ese momento de crisis cuando se activó la genialidad del folclor andino. Al verse impedidos de ofrendar a sus ancestros, los indígenas decidieron camuflar sus símbolos sagrados a plena vista del opresor, fusionando de manera ingeniosa lo que antes se entregaba a la tierra con lo que bebían los vivos.
La textura espesa de la
ofrenda de la Yana Api y el concepto bebible de la Yana Aswa se fundieron en un
solo elemento gracias al sincretismo. Para reemplazar la sangre animal
prohibida y volver el potaje agradable al paladar comunitario sin perder su
color sagrado, se incorporaron el maíz negro, maíz morado, la naranjilla, la
frutilla, el mortiño, babaco, junto a las especias aromáticas traídas del viejo
mundo, como la mora, canela, el clavo de olor y la pimienta dulce. Nació así la
colada morada, un espeso elíxir cuyo color púrpura oscuro heredó la función
ritual de representar la sangre del difunto, el luto respetuoso y la conexión
vital con la tierra. A la par, las momias y el zapallo de las efigies rituales fueron
sustituido por la harina de trigo introducida por los españoles, naciendo las
guaguas de pan: masas moldeadas con forma humana, deliberadamente desprovistas
de piernas y brazos, que imitan de manera perfecta el cuerpo de los muertos
amortajados, listos para su viaje al más allá. Su nombre mismo, guagua, que
significa niño o bebé en quichua, encapsula la promesa andina del renacimiento
espiritual.
Estudiosos de las
tradiciones americanas, como el folclorista brasileño Paulo de Carvalho-Neto,
identificaron este banquete de difuntos como un hecho folclórico vivo, una
manifestación del "folclor social" que va muchísimo más allá de la
simple gastronomía de temporada. Carvalho-Neto y pensadores como Darío Guevara
explicaron que la colada morada y las guaguas de pan actúan como un motor de
cohesión comunitaria. En sus páginas se rescata que la preparación de estos
alimentos obliga a la reunión familiar, reactivando la memoria colectiva y los
lazos de parentesco cada mes de noviembre.
A su vez, investigadores
del patrimonio culinario como Julio Pazos Barrera revelan que esta tradición
constituye una auténtica victoria popular. Durante siglos, la colada morada fue
un secreto de las cocinas indígenas, convenientemente omitido en los recetarios
de la alta alcurnia criolla, hasta que su irresistible carga cultural terminó
por conquistar las ciudades y unificar el mapa gastronómico de la nación.
Hoy en día, el relato
sigue escribiéndose con el mismo fervor del pasado. Mientras en las grandes
urbes las familias amasan y decoran las guaguas en la intimidad de sus hogares,
en los cementerios andinos de comunidades como Calderón, Otavalo, Zumbahua, Pujilí,
Salasaca, Guano, Licto entre otras, el rito prehispánico se rehúsa a
desaparecer. Allí, los vivos siguen extendiendo mantas sobre las lápidas para
comer y conversar con sus muertos, demostrando que en el Ecuador la memoria no
se entierra, sino que se comparte, se bebe y se saborea para mantener vivos en
la memoria, a quienes ya partieron.


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